Del espejismo de la realidad a la coeducación real
Después de haber hecho tantos proyectos y trabajos sobre la coeducación este último año, oficialmente se ha vuelto uno de los temas que más me apasionan. Gracias a estos he tenido que investigar profundamente acerca de temas como el feminismo, la igualdad de género, los mandatos de género, etc. Básicamente, me he educado en él porque nuestra sociedad es así, y cuáles son las medidas necesarias para conseguir un cambio. Hoy les voy a contar sobre todo lo que he aprendido de la desigualdad de género en el mundo contemporáneo, a qué se debe y cómo podemos iniciar un cambio desde el mundo educativo.
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| Imagen creada por Gemini. |
En la sociedad actual, existe la creencia de que los hombres y las mujeres al fin viven en igualdad de condiciones. Pues, al ver a los niños y niñas vivir la misma trayectoria educativa, matricularse en las mismas carreras y ocupar las mismas posiciones laborales parece que se ha cumplido todo aquello por lo que las feministas e igualitaristas de género siempre han luchado por. ¿Pero esto verdaderamente es así?
Con tal de analizar un poco nuestro día a día, considero que todos seríamos capaces de defender el porqué las mujeres y los hombres aún no viven en igualdad. Por ejemplo, ¿si ves a un hombre llorar, reaccionas igual que si ves a una mujer llorar? o ¿cuando una chica es muy buena jugando al fútbol, recibe el mismo apoyo que un chico? Creo que todos sabemos que las respuestas son ‘no’, y eso ya es suficiente para demostrar que no estamos ni cerca de alcanzar la igualdad total de género, y esta creencia de que lo hemos logrado no es más que un espejismo de la realidad que nos impide actuar sobre las limitaciones persistentes.
Conseguir esta igualdad implicaría conseguir un cambio de mentalidad global que incluya a todas las generaciones, ya que estas limitaciones que mencioné antes se nos imponen desde el día que nacemos o incluso antes. Piénselo, en el momento en el que los padres se enteran de si van a tener una hija o un hijo, de manera casi inmediata, ya están creando una imagen de su futuro hijo/a en su mente. Por muy modernos que sean dichos padres, esta imagen está inevitablemente influenciada por miles de estereotipos como, por ejemplo, si es niña crecerá a tener pelo largo, mientras que si es niño jugará deportes. Todas estas características que les vamos otorgando a la versión imaginada de los bebés ya son limitaciones que les condicionan en cuanto se introduzcan al mundo.
El sistema sexo-género es la herramienta de análisis que explica como esto sucede, es decir, como algo biológico y natural, se convierte en una construcción social que beneficia a algunos y perjudica a otros. Pues, el sexo es aquellas características biológicas o fisiológicas que la sociedad utiliza para clasificar a las personas, como los genitales. Mientras que el género es algo artificial e impuesto por la sociedad para asignar los roles y las conductas que deberían realizar las personas según su sexo. Entonces, la sociedad decide quién tenemos que ser y cómo merecemos ser tratados en función de una característica innata sobre la cual tenemos cero control. Visto así, no tiene mucho sentido, ¿verdad?
Volviendo a la “imagen mental” que los padres van creando de sus hijos o hijas antes de que nazcan, esto acabará teniendo un impacto en cómo crían a sus hijos, y a esto se le conoce como socialización diferencial. Este es el término sociológico que se le da al proceso de socializar y, por ende, educar a los niños de una forma y las niñas de otra. Ahora bien, la familia no es el único agente que interviene en este proceso, sino que también los medios de comunicación, la cultura y, sobre todo, la escuela. Todos estos agentes, a lo largo de la infancia, son los que se aseguran de que las chicas se conviertan en mujeres cuidadosas, atentas y emocionales, y los chicos en hombres fuertes, independientes y proveedores.
Esta socialización o educación se basa en los mandatos de la feminidad y los mandatos de la masculinidad, cuya finalidad es imponer una feminidad y masculinidad hegemónica. Es decir, un modelo dominante de como ser, pensar y sentir siendo mujer y siendo hombre. Algunos ejemplos de los mandatos de la feminidad son: el mandato del cuidado, que le asigna a las mujeres el cuidado del resto como tarea principal; el mandato de la belleza, o la presión estética que genera competitividad e inseguridad constante entre las mujeres; y, la ley de agrado que establece que toda chica debe ser amable, complaciente y agradable. Mientras que algunos de los mandatos de la masculinidad son: el mandato de la dureza o la obligación de ser fuertes ya que son hombres; el mandado de éxito o la expectativa de que todo hombre debe ser un proveedor; y, la ley de control que exige que siempre tengan sus emociones y relaciones bajo control.
Ante todo esto, considero que es muy importante recalcar que las mujeres no son las únicas perjudicadas por este sistema. Es verdad que nosotras sufrimos la opresión directa por culpa de un sistema creado por hombres pero, debido a los estereotipos y estos mandatos, los hombres también se enfrentan a problemas serios. Algunos de estos problemas son: el síndrome de proveedor que les hace creer que su valor depende únicamente de su éxito económico; la crítica o estigmas hacia los roles de cuidado o tradicionalmente “femeninos” como enfermería o educación; la falta de reconocimiento como víctimas; y, sobre todo, la masculinidad tóxica y frágil. Esta última, básicamente se traduce en el miedo constante de los hombres de ser “pillados” no siendo lo suficientemente masculinos, lo cual genera una vigilancia constante sobre uno mismo. Se le llama “frágil” porque se puede romper o sentir “tocada” fácilmente, es decir, cuestionada por el sistema y el entorno ante cualquier muestra de vulnerabilidad. En estas situaciones, según la sociología, los hombres recurren a la violencia para recuperar, reafirmar o demostrar que son “verdaderos hombres”, convirtiéndo la ira, agresión y hostilidad en un herramienta para recuperar el estatus que sienten perdido. A su vez, esta represión constante de emociones, miedos, problemas y la negación a buscar ayuda profesional es el motivo por el cual la tasa de suicidio de hombres es doble a la de mujeres. Ahora bien, esto no lo digo para justificar ciertos comportamientos violentos y machistas, sino para comprender que el patriarcado es una trampa que, aunque beneficie a los hombres en la mayoría de los aspectos, también les impone un coste humano que conserva la desigualdad.
Todo esto que he mencionado explica por qué las generaciones más viejas le dicen a sus nietos que “los hombres no lloran”, o por qué se les aplaude a los hombres cuando lavan los platos o la ropa, mientras que es lo mínimo que se espera de una mujer, hasta incluso explica por qué existe tanta diferencia en la baja por maternidad en comparación con la baja por paternidad. Pero claro, ¿cómo podemos eliminar la desigualdad si es la base de nuestra sociedad desde hace siglos? Bueno, me alegro en decirles que sí existe una solución, y esta no es tan complicada, sino que requiere un gran esfuerzo colectivo por parte de la sociedad durante un largo plazo.
¿Recuerdan que mencioné que uno de los principales agentes que forman parte de la socialización diferencial era la escuela? Pues, esto se debe a que vivimos bajo la ilusión (o espejismo de la realidad) de que por el simple hecho de que los niños y las niñas estén conviviendo en el mismo centro educativo y dando el mismo temario se trata de una escuela coeducativa, es decir, una escuela que permite que todos los alumnos se desarrollan libres de estereotipos. Pero, tristemente, esto no podría estar más lejos de la realidad. La verdad es que todos estos centros son simplemente escuelas mixtas, o sea escuelas que integraron a las niñas en una educación creada por hombres y para niños, manteniendo estructura y sesgos de género.
Una escuela coeducativa es un modelo transformativo que no solo se limita a la coexistencia de chicos y chicas en el aula, sino que cuestiona todo acerca de su centro para garantizar la eliminación total de sesgos, estereotipos y desigualdades. Esto implica cuestionar los espacios del centro, las relaciones, el contenido y currículum, los materiales y recursos pedagógicos, etc. Al fin y al cabo, no se puede hablar de un centro coeducativo si el profesor de Educación Física tiene expectativas más altas para los chicos que para las chicas y las muestra, si la profesora de Lengua espera que todas las chicas tengan apuntes organizados y bonitos, si solo los chicos utilizan el patio para jugar deportes a la hora del recreo o si los libros de Ciencias y Matemáticas utilizados solo mencionan a referentes históricos masculinos. Se tiene que tener especial cuidado con cómo actúan y transmiten el contenido los profesores debido al riesgo del efecto pigmalión (cuando un docente tiene ciertas expectativas sobre su alumnado y esto acaba afectando su rendimiento y conducta de manera que las expectativas se sumplen), y el curriculum oculto (los valores y enseñanzas implícitas que se transmiten a pesar de formar parte del currículum oficial).
Entonces, la respuesta a cómo podemos cambiar la mentalidad de la sociedad e impedir que se continúen reproduciendo estereotipos y desigualdades está en la educación. El cambio real dependerá de las nuevas generaciones, pero para conseguirlo tiene que ser nuestra generación y las previas las que se encarguen de preparar el terreno para que los niños y niñas puedan crecer en libertad. Esta labor implica que todos puedan crecer libres de limitaciones o condiciones por su género, proporcionándoles las herramientas necesarias y siendo el ejemplo a seguir al desprendernos de nuestros sesgos para no heredáselos. Solo con que todos los profesionales en el mundo educativo hagan este esfuerzo podemos convertir todas las escuelas mixtas en coeducativas, y con el esfuerzo y apoyo del resto de la sociedad podremos derrumbar los muros de estereotipos y evitar así todas sus consecuencias, haciendo el mundo un mejor lugar para nuestros hijos y nietos.

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